Desde el calor de su mesa camilla es un sábado estupendo. El sol brilla y le da luminosidad al frío invierno. Ella supone que en la calle el viento le dejaría helada la nariz y los dedos, pero desde el calorcito sólo se ve la luminosidad y la intensidad de colores del paisaje.
Es una mañana de sábado tan soleada que hace vengan a su mente las mañanas que pasó en esa costa tan llena de luz. Se acuerda de la luz, del sonido de las olas de mar, de ese olor a sal y a peces, de las voces de sus gentes y de hasta del ruido atronador de las motos en playa, que rompían de súbito el paraje idílico que la naturaleza le regalaba.
Con la playa le vienen los recuerdos de paseos y atardeceres. De los cafés tomados frente al mar sin más compañía que el sonido de las olas y la brisa que le acariciaba la cara.
Nunca estaba sola, el mar era su compañía. Le susurraba al oído y le acariciaba los pies con sus olas. El mar le enseñó la belleza de la soledad

No hay que excederse, ni con la belleza.
ResponderEliminarSin excesos, de todo un poco: belleza, soledad, compañía...
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