Echo de menos su tranquilidad. Su forma pausada de enfrentar la vida y sus problemas. Sin alterarse, sin subir la voz, sin perder la calma, sin malas caras... Es la persona más tranquila que jamás he conocido. Y eso me encantaba. El suave tono de su voz que me acariciaba. Sus silencios, que me obligaban a frenar mi impulsividad y a esperar. Sus gestos tranquilos. Todas esas cosas que en un primer momento me sacaban de quicio y que ahora echo tanto de menos.
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